Cuento de verano

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Esa noche salió con sus amigas. Una de ellas, vivía lejos desde hacía unos años. Y esos días vino de visita, a quedarse en su casa. Qué ganas de verse, salir todas juntas a cenar, incluso a bailar…

Hacía unas semanas que había terminado una tanda de rehabilitación. ¿Resultado? Bah. Ni fu ni fa. Pero, por lo que fuera, en esa época se encontraba extraña y especialmente bien.

Había cambiado de vida. Se había mudado hacía un tiempo. Llevaba casi un año siendo atendida por un nuevo equipo médico. En otro lugar, lejos de casa. Se confirmó su diagnóstico. Y, pese a que nadie se lo pintó de color de rosa, sino todo lo contrario, sintió tanta paz en su interior, que parecía casi una nueva persona.

Paz como para romper con el pasado. Paz como para olvidar el rencor, la ira, todo aquello que se había incrustado de una manera tan brutal dentro de su ser, y que le resultaba imposible hacer desaparecer. O, al menos, paz como para intentarlo…

Así que, esa noche, se arreglaron todas juntas en su casa. Como unas adolescentes, entre risas, música, un toque de brillo en los labios, unos ojos discretamente resaltados. Felicidad y amistad en estado puro. Porque sí, hay momentos felices, por muy banales o absurdos que parezcan. Lo importante es con quiénes los vivimos, y cómo los recordamos.

Salieron a cenar. Salió sin su clásico “complemento de mano”, a sabiendas de que iban a hacer uso de parkings y el típico “te dejamos en la puerta y vamos a aparcar”. En estos casos, nunca falla.

Su idea era salir a cenar e irse a casa. No porque fuera a dormir, ni mucho menos. No estaba acostumbrada ya a salir, y mucho menos “de fiesta”.

Pero aquella noche se animó, y con la seguridad de que sus amigas le consiguieran “el mejor taburete del lugar”, como venía siendo costumbre en esas contadas ocasiones en las que se disfrazaba de “chica normal”, aceptó salir a bailar. O a verlas a ellas bailar 😊.

Se encontraron allí con los amigos de una de ellas. Ella no los conocía. Hacía tiempo que no conocía gente nueva… No fue por la copa que no tomó, ni porque no sintiera un atisbo de dolor. Porque lo sentía. Pero era mínimo. Y salió a bailar. Bailó y bailó con sus amigas, como hacía tiempo, tanto que ni lo recordaba. Ella antes no bailaba así, pero casi nadie de los que estaban allí lo sabían, porque no la habían conocido. Ni se dieron cuenta de que no levantaba los pies del suelo. De que no apoyaba su peso sobre la pierna izquierda, ni de que no la movía. Bailaba, en general. O se movían al son de la música… Se reía y disfrutaba con  sus amigas. Estaba FELIZ.

Y empezó a llover. Una lluvia de esas de verano, débil, pero continúa. De todos modos refrescante en aquella terraza junto a la playa. Y bailó bajo la lluvia. Y sonrió, luego se echó a reír. Y todos bailaron y rieron juntos. Como en una película…

Y cuando empezaba a sentir un fuerte dolor y la pierna no le respondía, siguió bailando bajo la lluvia. Aunque sin apenas moverse. Pero nadie parecía darse cuenta…

Y no pudo más, y se sentó. “Estoy cansada y es tarde, pero seguid vosotras, yo os miro desde aquí y cuando queráis nos vamos, no hay prisa”.

Casi amanecía cuando caminaban hacia el coche. Ella, agarrada a su amiga, cojeando. Pero con la sonrisa aún en la cara. Se lo había pasado realmente genial.

Creo que no ha habido otra noche como esa desde entonces…

Al cabo de unas semanas, salió de excursión con ese grupo de amigos.

Llegaron a un paraje de pequeñas lagunas naturales. Algunas muy pequeñas. “Pozas”, les llamaban. De aguas claras, frías, de apetecible chapuzón a esas alturas del verano. Un sitio precioso que le gustó mucho. Al que todavía no ha vuelto.

Trepó, ayudada por su amiga. Aunque aquella discreta ayuda no se notaba. Se bañó, saltó en las pozas más profundas. ¡Disfrutó como una niña!

Entonces buscaron un sitio a la sombra para comer. Ella se colocó las toallas de manera que su pierna descansara en aquellas piedras enormes que formaban una especie de ladera, muy pequeñita. Lo suficiente para sentarse a comer, y tumbarse a descansar.

Y entonces, hablando con aquel grupo de amigos de su amiga, a los que veía por segunda vez, le preguntaron en qué trabajaba. Típica pregunta que surge en una conversación cuando los desconocidos empiezan a dejar de serlo. Y ella, muy tranquila, y con aquella paz y satisfacción que la embargaba, no sólo ese día, sino esas semanas, esa época, contestó: “estoy jubilada”.

A partir de ahí, frente a la esperada incredulidad de su interlocutor, explicó brevemente que tenía una enfermedad, y que hacía años que no podía trabajar, que tuvo que dejar su trabajo por una baja temporal, pero que nunca volvió.

Él, con la lógica curiosidad, le hacía preguntas sobre esa enfermedad de la que jamás había oído hablar. Y escuchaba, llevado por la sorpresa, la admiración y el respeto.

“Pero si te he visto trepar por las piedras para subir aquí, te he visto tirarte a las pozas y pasártelo bien, ¡no he notado nada!”

Ella sonrió. “¿Sabes que ahora me duele bastante? Pero estoy aquí sentada, y en un rato nos iremos, y mi amiga acercará el coche para que camine lo menos posible, como al llegar, y cuando llegue a casa puede que me encuentre muy mal, hoy y quizá mañana, y pasado, no lo sé. Pero ahora estoy contenta y hoy ha sido un día increíble”.

“Pues no se te nota. Si no me lo dices, jamás hubiera adivinado, no que tienes una enfermedad tan puñetera, sino que ahora mismo estás sintiendo dolor, y todo este día, y que arrastras un poco la pierna. De verdad que no se te nota en absoluto. Aunque puede que me fije en el camino de vuelta y te pille” – rió.

Y ella rió también.

“¿Y la otra noche bailando bajo la lluvia? ¿Cómo puede ser…?”.

Ese día, ella no respondió que estaba en paro cuando le preguntaron sobre su trabajo. Tampoco dijo que trabajaba en su último empleo. No sabía si vería más a esas personas, qué más daba. Tampoco contó la breve historia para aquellos que preguntan demasiado sobre “la caída esquiando que me lesionó la pierna, se vió afectado el nervio, y me cuesta andar a veces y tengo dolor crónico”. Respuesta muy socorrida que usaba cuando algún desconocido preguntaba en sitios como el autobús, por el hospital, al verla con un bastón, y situaciones así. Porque verla con una muleta era algo muy “normal”. Pero con un bastón… Y al fin y al cabo, ella sabía esquiar, y le pareció un explicación breve que no daba lugar a más preguntas. Porque hay preguntas en ciertos contextos que no se pueden responder con la verdad. No es necesario.

A todos aquellos observadores puntuales, a los que seguramente no volvería a ver, no les reservaba su historia verdadera, contada de forma más o menos explayada. Total, ¿para qué?. La verdad era demasiado complicada para casi todo el mundo.

Pero aquel día no lo fue. En absoluto.

Aquellas personas de la noche bajo la lluvia, del día de la excursión, la han visto posteriormente. Cojear, quedarse en casa, salir “pero a cenar sólo que no tengo un  buen día”, estar encogida de dolor, salir una tarde a tomar un refresco con la mejor de sus sonrisas…

Días como aquel no han vuelto a repetirse. Aún 😏.

No ha vuelto a bailar bajo la lluvia.

Pero nadie podrá decir nunca que no vió a aquella chica sonreír y disfrutar con esos momentos. Como si “no pasara nada”. Como si fuera una chica “como las demás”. Porque lo es. Aunque sólo algunos sepan verlo. Aunque no sea fácil a veces…

Porque es una chica como otra cualquiera. Pero ella tiene su enfermedad, que la acompaña. No la define, pero ahí está. Como otras chicas que también llevan su enfermedad en la mochila. Como tantos que llevan otras muchas cosas…

Como las PERSONAS. A las que, por lo que sea, les toca cargar con su particular mochila todos los días de su vida. Contenga lo que contenga en su interior.

Pero mientras estemos aquí, bailemos. 

💚💃

6 comentarios en “Cuento de verano

  1. Sonia

    ¡Hola!

    Te escribo porque describes todo lo que se me pasa por la cabeza cada vez que alguien me pregunta a qué me dedico. Porque como bien dices, todos llevamos algo en nuestra mochila. Aunque sea una enfermedad invisible para los demás existe y tanto por todo lo que nos toca vivir con ella.
    ¡Muchos ánimos y a seguir adelante!

    Sonia

    1. Pandora

      Hola Sonia!
      Gracias por tu comentario!
      En efecto, todos llevamos lo nuestro en la mochila. Se vea o no. Y no deberíamos juzgar por las apariencias. Pero parece algo tan complicado…
      Eso sí, no es lo mismo responder al cotilla de turno que ni te conoce, que a alguien que no ves hace tiempo. Pero y si es alguien nuevo? Mentir es absurdo, se van a enterar.
      En fin, yo sigo prefieriendo la lesión nerviosa esquiando (es cierto que esquiaba) para las “señoras del bus” 😉, y la verdad escueta para otros.
      Pero es difícil, a veces está enfermedad no la entiendo ni yo…

      Un beso Sonia, espero que estés bien!!! 😘💪

  2. Sonia

    ¡Hola de nuevo!

    A mí me pasa lo mismo y ya últimamente solo digo, una lesión en el brazo y que es una historia larga de contar. Solo los más cercanos saben la verdad porque cómo bien dices hasta para nosotros es inexplicable. Muchos me ven dopada y es verdad, estoy dopada total todo por miedo a ponerme el neuroestimulador. En fin…¡me alegra leerte!

    Besotes

    1. Pandora

      Hola bonita!
      Te entiendo perfectamente. Creo que haces bien. En cualquier caso, haz siempre lo que a ti te nazca. Como todo en la vida 😉.
      Eso de ir dopada me suena mucho… He olvidado muchas cosas de los primeros años porque iba hasta arriba 😅 (si bien es cierto que me parecía fatal porque nadie sabía lo que tenía y todos recetaban al tuntun. Y yo qué iba a decir…)
      Pero el dolor no se llegaba a ir. Aunque yo flotaba y eso estaba bien, jeje.
      Y el neuroestimulador… Sigue los consejos de tus médicos. Pero tú tienes la última palabra. Cuando va bien, es genial. Lo he hablado con otras personas que lo llevan. Cuando no, se retira. En mi caso, no me arrepiento de lo que decidí.
      Un abrazo Sonia, ya me cuentas cómo vas! 😊💪

  3. Maria José Parra Perez

    Qué preciosa entrada llena de ilusión!!! Bendita palabra que hace hasta que podamos bailar. Ay Dios !! A bailar sin censuras!! O autocensuras. Besos mil

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